Un reporte de Columbia Journalism Review (CJR) cuenta cómo la televisión y los medios digitales (como Netflix), han aumentado la producción de documentales, pero con un enfoque principalmente publicitario en vez de centrarse en contar una historia verdadera, o con bases periodísticas. Dicho de otro modo, las productoras o cineastas están proyectando historias subjetivas, pero con una dirección de documental.

El medio citó un ejemplo característico de este hecho, el documental de Hillary Clinton el cual fue filmado, en gran parte, por el comité de campaña de Clinton y al mismo tiempo su aprobación debió ser pagada al comité de acción política de la misma. También, Hillary Clinton seleccionó a la productora y ayudó a elegir al director e intervino durante el proceso de edición. Algo que podría generar un contenido parcializado bajo su propia óptica ya que, según CJR, apostaría por la probabilidad de que los espectadores, ansiosos por conocer más de la protagonista, no consideren quiénes son los actores detrás de las cámaras o sus intenciones.

El desface entre el objetivo y lo rentable ha sido uno de los mayores conflictos al momento de crear un documental. Muchas de las figuras importantes dentro de ellos, sus patrocinadores y temas legales como derechos de autor o conflictos de intereses, se han convertido en la barrera que frena la creación de estas producciones sin centrarse en la realidad. Esto se debe a que los involucrados tienen cosas que quieren decir y callar, por lo que la verdad se corrompe ya que no se está diciendo el 100% de los hechos ni todas las voces de la historia.

“Puedo decir esto sobre todos los compradores (…) Si es una película realmente buena y creen que sus consumidores la verán, no creo que importe de quién se trate el nombre en los créditos del productor”.

Joseph Amodei, presidente de la distribuidora Virgil Films.

Imagen: Jakob Owens / Unsplash.